Paseo de la ignominia, Javier Mican

PASEO DE LA IGNOMINIA

Por Javier Mican

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La máscara determina, esto es, inmediatamente se pone en el cuerpo debe asumir las implicaciones de tenerla porque hay otro ser, otra cara, otro espectro hablando con el cuerpo de uno. Mucho más tratándose de una figura pública tan reconocida. ¿Cómo salir del lugar de la ilustración, del panfleto o similares, para generar el misterio de esa figura pública recorriendo las calles de la ciudad a diferentes ritmos, velocidades y por lo tanto gestos? ¿Qué tipo de cuerpo o presencia es? / Dubían Gallego

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“La máscara determina, esto es, inmediatamente se pone

El cuerpo debe asumir las implicaciones de tenerla

Porque hay otro “ser”, otra “cara”,

Otro  “espectro” hablando con el cuerpo de uno”.

(Gallego, Dubián. 2015)

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El performance consiste en una caminata por la carrera séptima entre calles 24 y 13, en la que uso una máscara del presidente actual de Colombia Juan Manuel Santos, y una vestimenta similar a la que él usa en sus alocuciones presidenciales.

Esa lejanía que primaba en mí sobre la noción de este objeto, queda impetuosamente revocada luego de escuchar, desde los rincones de una impresión sobre papel propalcote (técnica en que está hecha la máscara), las siguientes palabras de mis conciudadanos:

  • -¿Le puedo dar un calvazo?-
  • -Usted tiene muchas “guevas” para ponerse esa máscara-
  • -Yo de usted me quitaba esa máscara antes de que le metan la mano-
  • -¡Señor Presidente!-
  • -¡Presidente Santos!-
  • -¡Deje de robar hijueputa!-
  • -¿A ese man qué le pasa?-

Lo anterior fue tan solo una parte de lo que mis oídos advirtieron a cada paso del recorrido, el cual fue simplemente un tránsito constante y de dirección fija sobre la carrera séptima entre calles 24 y 12 a las 3 p.m..

Es preciso en este punto resaltar la imagen del Presidente Juan Manuel Santos como icono de la cultura visual colombiana y personaje político inscrito en el imaginario de la población. Santos se hace cuerpo caminante en el centro de la ciudad. Entre la ciudadanía realizo el simple acto de caminar. La razón de este simple y casi que autómata movimiento es la de buscar trabajar a partir de la presencia que Chevallier (2011) postula en su ensayo sobre “modalidades actorales”[1]. Me refiero a la presencia lúdica. Digo esto por la gran generosidad de la acción: ofrecer a los transeúntes un muñeco de trapo que pueden insultar y agraviar cuanto quieran ya que no es capaz de procesar estas porquerías por su naturaleza muda, payasa y caminante. Sin embargo, debido al contexto político de la acción, no se puede evitar pensar en la presencia de cuerpo sobrecodificado debido a la cercanía del personaje con los espectadores y la dimensión política de cada uno de los ciudadanos.

La máscara que uso, hecha a partir de la imagen de una de sus alocuciones presidenciales, es suficiente para eliminarme como individuo y como ciudadano, para ser reemplazado por el sujeto que se representa. A partir de esto, las implicaciones de esta usurpación, que fueron previstas como un despliegue de mofas, insultos y agravios de forma verbal, se manifiestan de inmediato en la proximidad de los transeúntes.

Desde el primer al último paso la reacción de mis conciudadanos fue para todo efecto asumir la presencia de Juan Manuel Santos, y desde esa postura despojarse de sus opiniones, pensamientos, injurias, saludos, burlas y cualquier tipo de mensaje que se permitieran decir y gritar. Resulta importante resaltar en este punto un par de particulares casos, en los que la interacción entre el espectador y mi acto marcó una lectura diferente.

El primero se trata de un hombre de edad media que al acercar su recorrido al mío extendió su brazo en forma de puño, deteniéndose cuando estaba a punto de hacer contacto con la máscara y riéndose mientras su acción le otorgaba la gloria y el triunfo de “golpear en la cara a Santos”, (tan potente es la imagen). La agresión que se ejerce sobre esta se traslada en esencia al personaje que representa; este ejemplo es testigo del carácter ‘iconodulo’ de la sociedad, y el poder que tiene la cultura visual de nuestra época.

Para continuar, el segundo ejemplo, involucra dos infantes que durante mi recorrido se acercaron a mí Entre burlas y admiración trataban de averiguar quién era y qué hacía. Luego de  intentar ver quién estaba detrás de la máscara por unos segundos, son llevados por una señora que los acompañaba, esto sin reducir la atracción de los pequeños hacia este cuerpo caminante.

Me parece impúdico en este momento atribuirme las generosas repercusiones de la acción, ya que como planteo al principio del texto, mi lejanía al concepto de máscara me convenció de que las interacciones entre espectador y “Santos” serían mucho más sutiles. He aquí la primera y fundamental lección del performance.

Para terminar, he trabajado y concebido el performance, a partir del texto de un escritor Bogotano que trabaja bajo el seudónimo de bostezador. A continuación, el texto original de Bostezador (2015) y los cambios que le he efectuado.

Quiso el Dios de barba blanca darse un breve descanso, y optó por ser humano por primera vez, pues le causaban curiosidad esos seres tan pequeñitos que de azar había encontrado ojeando un planeta azul. Para esto decidió antes que nada cortarse un poco el cabello y cambiar su toga blanca por un traje más decente. Conservó su barba, se cortó las uñas y se hizo tan diminuto como un hombre de estatura mediana.
Sin embargo, de golpe recuerda Dios que sus vacaciones no pueden ser tan extensas, puesto que el ocio no se ve bien en alguien tan importante como él, así que decide poner un límite sensato de tiempo.
Saca un fósforo de su bolsillo. Crea de la nada una vela, como acostumbran los dioses a formar materia inexistente. La enciende y piensa: “Seré humano mientras arde la vela”. Contento con su sabia decisión, toma un maletín de cuero negro y se confunde entre la gente.
Pero Dios dejó escapar algo. Por su inexpugnable condición de todopoderoso y eterno, las cosas que crea tienden a ser igualmente infinitas, a menos, por supuesto que él lo decida lo contrario. Formuló mal la frase, vestigios de que ya estaba empezando a sentirse humano. Mientras tanto hay una vela que jamás habrá de apagarse.*

*(Bostezador.2015. Tomado de https://deslicesmenores.wordpress.com)

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Quiso el Santos de propuestas de paz darse un breve descanso, y optó por ser ciudadano por primera vez, pues le causaba curiosidad esos seres tan intrascendentes que de azar había encontrado ojeando una caótica ciudad. Para esto decidió antes que nada ausentarse de la Casa de Nariño y despojarse de su grupo de seguridad. Conservó su traje, se maquilló para disfrazar su monstruosidad y se hizo tan cotidiano como un hombre de clase social media.

Sin embargo, de golpe recuerda Santos que su abulia no puede ser tan extensa, puesto que la desidia no se ve bien en alguien con tal cubrimiento mediático como él, así que decide poner un límite sensato de tiempo.

Saca una reforma de su bolsillo. Crea de la nada un escándalo, como acostumbran los presidentes Colombianos a inventar cortinas de humo. La arroja a la plenaria del senado y piensa “Seré ciudadano común mientras la atención mediática permanece en la farsa”. Contento con su sabia decisión, toma rumbo a la calle 24  y se confunde entre la gente.

Pero Santos dejó escapar algo. Por su inexpugnable ideología de conservador y lacra, las reformas que proyecta tienden a ser igualmente apoyadas por los miembros del senado, a menos, por supuesto que la unidad nacional decida lo contrario. Redactó mal la reforma, vestigios de que ya estaba empezando a sentirse ciudadano Colombiano. Mientras tanto hay un escándalo mediático que jamás habrá de recordarse.

[1] Chevallier, Jean Frederic (2011) El teatro hoy. Una tipología posible. México D. F.

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LA POTENCIA DE LA MÁSCARA:

Los transeúntes no vieron a Javier; vieron la máscara de Santos. Los transeúntes no observaron la ansiedad del cuerpo detrás de la máscara, no observaron tampoco su dolor ni la mano derecha un poco agarrotada. Los transeúntes se reían y los más osados le gritaban porquerías y lo amenazaban… no a Javier, sino al Presidente Santos. Es que los transeúntes ni se dieron por enterados que era una representación. ¡No! Asumieron que el que caminaba era el Presidente Santos en persona. ¡Tal el poder de la máscara! Mientras tanto, Javier, detrás de esta farsa, se debatía entre su dolor, su ansiedad, los nervios y el miedo. / Dubían Gallego

 

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