Nietzsche con fuego, por Fabio Pedraza

NIETZSCHE CON FUEGO

por Fabio Pedraza

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¿Cuál es la relación entre el dolor físico y el gesto? ¿Hasta dónde el dolor físico y sus posibles consecuencias abren el espectro de la exposición? ¿Hasta qué punto el daño que se puede hacer en los pies es intencional o no? ¿Hasta qué punto? No hablamos de la organización física: del cuerpo y sus recorridos, y su relación con la palabra dicha a viva voz de autores que señalan una nueva manera de asumir la vida y sus vericuetos. / Dubían Gallego

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Verhasst ist mir’s schon, selber mich zu führen!

Ich liebe es, gleich Wald- und Meeresthieren,

Mich für ein gutes Weilchen zu verlieren,

In holder Irrniss grüblerisch zu hocken,

Von ferne her mich endlich heimzulocken,

Mich selber zum ir selber – zu verführen.

Friedrich Nietzsche

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Generalmente la violencia tiende a tener un carácter relacional donde hay un victimario y una víctima: alguien ejerce violencia sobre otro alguien. Pero, ¿qué sucede cuando el cuerpo sobre el que se ejerce dicha violencia es el mismo de aquel que la provoca? El victimario es la víctima: la visión del suicida. De alguna manera todo individuo está propenso a disertaciones que conllevan a un dolor personal, un dolor que marca una huella, un tatuaje, una cicatriz que aunque impalpable hace parte del cuerpo, de esa corporeidad que lo permitió. Los grados de ese tipo de dolores internos son múltiples y diversos, y tienen que ver con la manera en que se permanece en el mundo, en que se sobrevive. Cuando el grado del dolor supera un límite de control, es el cuerpo el que recibe los golpes, la flagelación impartida por el mismo cuerpo.

Un cuerpo que tiende a auto-violentarse es un cuerpo disonante. En términos de Chevallier, la disonancia tiene que ver cuando un cuerpo presenta los dos polos de un mismo estado: la estabilidad y la inestabilidad se encuentran para lograr un algo armónico, un goce inentendible, inexplicable. En esta presencia disonante aparece el dolor como el resultado de fuerzas distintas, opuestas, que necesitan de una expresividad.

El ejercicio performático está circunscrito dentro de las siguientes cuatro etapas: padecer, percibir, persistir y resistir[1]. Se padece en la medida en que el dolor hace presencia y se asume. Se percibe porque se necesita reconocer, palpar. El que persiste es el dolor, que necesita manifestarse, hacer presencia y estar en el tiempo. Y por esto mismo se resiste, el cuerpo resiste el dolor pero también se resiste a abandonarlo. Lo hace parte de sí para comprenderlo y elaborar el duelo.

Dentro del semillero Cuerpo testimonio, dramaturgias emergentes hemos sido carne y testigo de la exposición del tatuaje, del cuerpo expuesto, del cuerpo disonante, del cuerpo que provoca estremecimiento, es decir, y parafraseando a Chevallier, que provoca un sentimiento incapaz de ser descrito[2].

Para el ejercicio se tomaron poemas de Nietzsche, autor que ha sabido meter no solo el dedo, sino la mano, el cuerpo entero, y sobre todo la palabra, en las llagas, en el dolor y en la muerte. El círculo dibujado con las velas se presenta como simbología del eterno retorno nietzscheano. El vicio del dolor se repite insaciablemente y la puesta deja abierta la posibilidad de un nuevo –pero no último- comienzo. Como cuerpo, como hombre y como presencia, la condena  de la repetición se da en doble vía: la afirmación de la humanidad como característica rota, frágil, descompensada; y la experiencia como cambiante, manipuladora de otros propósitos que aparecen en la medida en que el tiempo-espacio evoluciona.

¿Y cómo entra en juego el error, lo imprevisto? La experiencia presentaba de entrada un grado de dificultad bastante grande. Aun así no tomé ninguna decisión antes de la presentación, pensando ingenuamente en la perfección del movimiento. Cuando sucedieron las caídas dentro de la caminata la respuesta fue la eliminación de las velas tumbadas, de tal manera que en el círculo se observaran los vacíos. La presencia del error se dio durante la experiencia pero no perduró en la configuración espacial más que como vacío.

 


[1] Este performance fue parte del II Encuentro Latinoamericano de Investigadores sobre el Cuerpo y las Corporalidades en las Culturas, celebrado en Bogotá en el mes de octubre de 2015. Nietzsche con fuego hizo parte de la mesa 8: El cuerpo como territorio y archivo: violencias, simbologías, memorias y olvidos, mesa en la que se plantea: “¿Si el cuerpo ha sido el territorio de inscripción de la(s) violencia(s), como puede ser este el mismo territorio de regeneración y re significación? En esta mesa queremos centrarnos en las diferentes formas de re-habitar los cuerpos tocados por las diferentes violencias; deteniéndonos en la manera en que ellos ponen en escena duelos íntimos y colectivos, pero también en las prácticas cotidianas transformativas que les permiten ir re significando sus heridas, los espacios que habitan, y resistir a las identidades que los sujetan, desestabilizando muchas veces las fronteras entre lo íntimo y lo común, lo visible y lo invisible, la pertenencia y la no pertenencia. Nos interesa acercarnos a las formas como la(s) violencia(s) es experimentada en la vida cotidiana, pero no solo a nivel de los espacios de la muerte y la destrucción sino a los modos en que los cuerpos padecen, perciben, persisten y resisten esas violencias, recuerdan sus pérdidas y les hacen duelo, pero también las absorben, la sobrellevan y la articulan a su cotidianidad, la usan para su beneficio, la evaden o simplemente coexisten con ella. Paralelamente quisiéramos destacar entonces la contra-tensionalidad entre memoria y olvido: que recordamos olvidando, que las marcas, trazos, y residuos del pasado sedimentados en los cuerpos están atravesados por las ausencias del olvido, y que en todo arte y práctica transformativa, así como en todo trabajo de memoria, se enredan múltiples, y a veces frágiles, formas de olvido”. Ver http://www.corporalidades.net/index.php/mesa-8-el-cuerpo-como-territorio-y-archivo-violencias-simbologias-memorias-y-olvidos consultado el 25 de octubre de 2015.
[2] “El estremecer es un proceso que implica la imposibilidad de ubicar un por qué. Se trata de sentimientos que surgen a la par que otros, sin que se logre explicar esos múltiples surgimientos. Se detiene la posibilidad de caracterizarlos” en CHEVALLIER, J. (2011). El teatro hoy. Una tipología posible. Paso de gato: México. p. 25.

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EL DOLOR A VIVA VOZ:

Del dolor de los pies hasta el lenguaje que se deja dominar por la palabra a viva voz, ¿qué hay? Fabio organiza su recorrido para soportar el dolor… o mejor, para permitir que ese fuego que calienta sus pies se impulse con ánimo feroz hacia su palabra… esa pobre palabra que aun con la lucidez de Nietzsche se encuentra casi vacía, casi imposible, casi innecesaria. ¿El fuego del dolor que enciende la palabra? Demasiado metafórico. Tal vez a lo que asistimos es a la presencia disonante de un cuerpo que busca resistir el fuego y busca resistir la palabra. Tal vez no hay ninguna relación entre el fuego y la palabra. Tal vez, las dos son presencias absolutas que duelen. / Dubían Gallego.

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